La cultura del ajuste

Cultura 13 de marzo de 2018

Despidos, cierre de programas, persecución y funcionarios que se enorgullecen más por los “ahorros” y “menos costos” que por proyectos culturales que representen un aporte al tejido social del país.
 


"Está todo más tranquilo porque ya no queda nada”. Un trabajador del Ministerio de Cultura sintetiza así el escenario, mientras cruza los dedos porque sabe que una nueva barrida puede llegar en cualquier momento. En algún punto ya está acostumbrado a ese vértigo. Desde hace dos años el sentimiento de incertidumbre es atizado por despidos, cierre de programas y cambios que casi siempre tienen el mismo final: menos cultura.
Incluso los programas generados por la gestión de Pablo Avelluto, algunos interesantes como Spot o Plataforma Futuro, ya están en un proceso de “secado”: no los cierran, pero los dejan morir lentamente. Una contradicción que se traslada al relato del ministro, que en sus reuniones con periodistas y promotores culturales da cuenta de un balance con más “ahorros” que nuevos proyectos, al mismo tiempo que elabora toda una teoría sobre lo rebeldes que deberían ser ellos –el Gobierno—para afuera y para adentro: “Nuestra rebeldía no tiene que ser la del Che Guevara, sino la de los Beatles”.
Más allá de su pretendida filiación beat, Avelluto tiene una premisa: en el ministerio “sobran” 560 personas. Ese es el número al que quiere llegar para “modernizar” su ministerio. Y si llega, será a costa de jubilaciones, renuncias inducidas y contratos sin renovación. “El ajuste es evidente. Se traduce en menos trabajo, menos libros a bibliotecas populares, menos subsidios. Y lo que continúa, continúa reducido”, explica Manuel Cullen, delegado general de ATE.
Desde hace dos años el sentimiento de incertidumbre es atizado por despidos, cierre de programas y cambios que casi siempre tienen el mismo final: menos cultura.
La poda cultural a veces se convierte en noticia, como pasó con el cierre del ballet que dirigía Iñaki Urlezaga o el despido del director de orquestas infantiles y juveniles, Héctor Tacconi. El ballet de Iñaki había nacido con una misión social: llevar ese arte a pueblos donde no había llegado nunca. Mariela Bruno, bailarina del Ballet, contó que por WhatsApp les comunicaron que se disolvía la compañía y que se quedaban “sin trabajo”.
Lo de Tacconi fue, como él mismo lo dijo, “un gesto disciplinador”. Una manera de plantar bandera de la forma más abyecta: un despido sin causa. Pero aunque lo de Tacconi trascendió, muchos otros despidos similares quedan bajo la alfombra. En el Centro Cultural Recoleta, un espacio que depende del Gobierno porteño, echaron a ocho personas a fines de 2017, y otro número similar renunció porque les querían cambiar las condiciones de trabajo de manera arbitraria: les querían pagar lo mismo que el año pasado (la famosa paritaria cero, aplicada a rajatabla y con trabajadoras y trabajadores precarizados), hacerlos trabajar de miércoles a domingos y renovarles por tres meses en lugar de 12, como se estila usualmente.
En ese centro cultural, como en otros espacios, el presupuesto para este 2018 será 23% mayor al de 2017. Un buen síntoma entre tanta malaria. Aunque eso también sea parte del problema: lo que existe y sigue, en muchos casos se tendrá que hacer con menos personal. Esto le pasará a Emiliano Sánchez, que tendrá que realizar Radar música y Pachamama cósmica, en el CCC Recoleta, como en 2017, pero con un equipo reducido. “La programación aumentó, pero echaron a compañeros que se habían afiliado. Hay una persecución sindical inédita”, afirma.  
El ajuste es evidente. Se traduce en menos trabajo, menos libros a bibliotecas populares, menos subsidios. Y lo que continúa, continúa reducido.
El ajuste también llega a espacios muchas veces invisibles, pero no por eso menos importantes. La imprenta que funciona en la calle México, en el ex edificio de la Biblioteca Nacional, que imprime los programas de elencos musicales que dependen de la cartera de Cultura, está a punto de cerrarse. El ministro Avelutto la visitó en el inicio de su gestión, y reconoció que estaba orgulloso de conservar esa imprenta, que es una suerte de museo vivo: allí trabajan tres personas que entienden el valor de conservar un oficio en extinción y que también entienden que si la imprenta se termina, se termina a su vez su vida laboral.  
La situación en el edificio de la actual Biblioteca Nacional tampoco es muy distinta. La editorial de ese organismo, creada por Horacio González en esta década y que había publicado más de 400 títulos, fue cerrada por la gestión de Alberto Manguel. ¿Por qué se tomó esa decisión? Se elaboró un informe económico en el que se indicaba que –oh—la editorial daba pérdidas: algo estimable si se tiene en cuenta que fue creada para vender libros a precios módicos y populares, publicar a autores novatos o reeditar viejas perlas olvidadas. Nada que a esta gestión conmueva.    
Lo sabe bien una ex funcionaria que renunció el año pasado al ministerio y que le cuenta a Cítrica cuál es uno de los problemas de esta política cultural: “Se tiende a avalar la ‘cultura del espectáculo´. Entonces te fumás la plata en una noche, y después no le queda nada a la comunidad. Produce más centímetros en los periódicos y medios. Lo otro es lo que no se ve, pero en definitiva es lo que produce una transformación real y social”, relata.
El vaciamiento de la Biblioteca también se evidencia en el Museo del Libro: cada año hay menos muestras, y ahora empezaron a llegar exposiciones desde el exterior, con lo cual el personal asignado a esa área queda sin tareas. Algo que se agudiza por las medidas adoptadas en el último tiempo en toda la Biblioteca: supresión de horas extras, molinetes en entrada y salida y falta de pago a personal de seguridad y limpieza.
En el Recoleta, la programación aumentó, pero echaron a compañeros que se habían afiliado. Hay una persecución sindical inédita.
Dichos y hechos
La negación que hizo el presidente Mauricio Macri de los pueblos originarios, cuando en su gira europea aseguró que “todos los argentinos venimos de ahí”, tiene su correlato en políticas públicas que dañan el tejido social y la pluralidad cultural en nuestro país. Bien lo saben los cuatro docentes de lenguas originarias –un programa que depende del Ministerio de Cultura– a los que no se les renovó el contrato recientemente.
“Siempre se programa desde la centralidad hacia afuera, cuando en realidad hay que regionalizar el país. Cuando mirás las cosas desde Buenos Aires, la percepción del alcance de la larga mano del Estado se te borronea. Empieza a desdibujarse la idea del beneficiario final”, dice la ex funcionaria, que prefiere no decir su nombre por temor a represalias.
Se tiende a avalar la ‘cultura del espectáculo´. Entonces te fumás la plata en una noche, y después no le queda nada a la comunidad.
A la política de desguace, se le sumó, desde el inicio de la gestión pero intensificado en 2017, una interna evidente entre Avelutto y Enrique Avogadro, quien renunció y declaró públicamente que su relación con el ministro “no había funcionado”. Unos meses después, Avogadro fue nombrado ministro del área en la Ciudad de Buenos Aires. La relación Avelutto-Avogadro hizo recordar el internismo feroz durante la gestión de Teresa Parodi, en el sprint final de un kirchnerismo en decadencia. La rosca, por supuesto, se traduce en políticas rengas, o sin un sentido integral que las avale.  
“Nos encontramos con un desorden profundo. Administrativo y programático. Duplicación de acciones, áreas interconectadas —explica la ex funcionaria—. En la anterior gestión también había una grieta interna, y cuando se generan esos bandos, como consecuencia genera duplicación de actividades. Cada uno arma tareas y programas con distintos fondos”.
La paralisis del séptimo arte
La cineasta Alejandra Guzzo define a su sector como un punto de giro en la política cultural del Gobierno. “La ley de cine, más el plan de lucha, hicieron que el INCAA no repitiera lo que pasó en otros organismos culturales”, explica. El plan de lucha arrancó con la renuncia escandalosa de Alejandro Cacetta, a mediados de 2017. Cineastas, documentalistas, docentes de la ENERC y trabajadoras y trabajadores del INCAA defendieron la autarquía del instituto autoconvoncándose y con asambleas numerosas en diferentes salas. Sin embargo, Guzzo reconoce que hubo una “parálisis” en el cine de ficción y cuestiona lo que en la gestión cultural macrista reivindican como una de las mejores innovaciones: los concursos. “No son una política de fomento. A un concurso pueden presentarse 200 proyectos, y quedan 10. Tiene que haber una presentación continua, no concursos antojadizos”, expone.     
Mientras todo esto ocurre, en el Ministerio evalúan un cierre medular: el SINCA (Sistema de Información Cultural de la Argentina). “Es como cerrar el INDEC de la Cultura”, comparan. Quizás, la idea sea esa: si todos los índices son negativos, que no haya más índices. Una idea que a ningún beatle, por más rebeldes que hayan sido, se le hubiese ocurrido.
De espalda a los libros
La menor participación del Estado en algunas áreas eminentemente privadas también genera una retracción. Con la industria del libro sucede eso. No es lo único, por supuesto. El Libro Blanco de la Industria Editorial Argentina, que publicó la Cámara Argentina de Publicaciones en 2017, trazó una radiografía del sector: una caída de las ventas del 26%, aumento de las importaciones y caída de las exportaciones, y un precio promedio por ejemplar de alrededor de 350 pesos. Editores y editoras –de los tanques y también de las editoriales independientes— aseguran que 2017 fue el tercer año de caída de ventas, lo que evidencia una crisis multifactorial que deriva en lo que se ve en las calles: cierre de librerías y menos demanda.

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