FICCIONES

 

Editorial 26 de agosto de 2019

El gobierno de Mauricio Macri ha desarrollado una gran aptitud para narrar ficciones: los hechos son los que ellos deciden que sean. 


Según el último guión oficialista, el nuevo ministro de Hacienda expresa un proyecto diferente al que el gobierno implementó hasta las recientes PASO; Nicolás Dujovne, el ministro saliente, es el culpable solitario de las políticas económicas ejecutadas por el oficialismo; y la demora en la intervención sobre el dólar, el lunes posterior a la derrota electoral del gobierno -que permitió que el valor de esa moneda se vaya por encima de una de las bandas- fue un incumplimiento de los acuerdos con el FMI. Son ficciones: en ellas las palabras están poco o nada vinculadas con los hechos que narran.

 

Por supuesto, pretender que Hernán Lacunza represente un cambio de política es un claro ejemplo de esta inclinación del oficialismo por la ficción. Nada de lo que hizo en la provincia de Buenos Aires como ministro de Economía permite suponer que tenga un proyecto diferente al que se ha implementado hasta ahora. Por otra parte, las políticas que puso en práctica Dujovne son las que Macri le pidió que desarrollara en el marco del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. El ex ministro no se lleva toda la culpa con él: la comparte con el Presidente y con todo su equipo. En cuanto a la demorada intervención sobre el dólar el lunes 12, no fue un incumplimiento de los acuerdos con el Fondo. Más bien lo contrario: expresó un alineamiento con la idea original del organismo que prefiere que el dólar vaya hacia donde lo lleve el accionar de los “mercados”. El hecho de que el Fondo aceptara las famosas bandas fue “un logro” de la gestión de Cambiemos.

 

Pero, la producción de ficciones no es una práctica reciente: acompaña al gobierno desde su inicio. Por eso, los últimos resultados electorales fueron un límite a ese distanciamiento creciente entre sus palabras y los hechos. Lo venimos diciendo desde hace tiempo. Para abreviar, partimos de junio de 2018, en donde en una nota llamada “Tiempos de Mercado”, afirmábamos: “Por eso, el gobierno no está demasiado preocupado porque el dólar haya trepado a 28 pesos. El Presidente y sus ministros han dejado que el «Mercado» lo mueva libremente. No hay errores. Hay política: la que ellos han decidido aplicar (…) las crisis o las inestabilidades son endógenas a las políticas que se aplican. Y, además, sirvieron para conducir al país hacia el FMI.”

 

En julio de 2018, en otra columna titulada “Tormenta permanente”, sosteníamos: “El país está entrando en el quirófano. Los médicos le adelantan que la pasará mal. Pero, a cambio, tendrá un futuro maravilloso (…) hacia adelante al quirófano le seguirá el quirófano. A lo peor le seguirá lo peor. No hay mejora dentro de este modelo (…) no es un tema de temporalidades. En este tipo de modelo después del invierno no viene la primavera. Todas las estaciones son crueles. Todas son tormentosas.”

 

En septiembre de 2018, en una nota llamada “Devaluación, instrumento del ajuste” decíamos: “Es raro: según esa hipótesis, al gobierno se le va de las manos la política económica pero lo que obtiene con ese supuesto «fuera de control» son los resultados que él mismo perseguía. Curiosamente, allí donde se queda sin política es donde tiene éxito. Podemos, entonces, proponer otra hipótesis: que hay una decisión de dejar que ocurran estas tensiones cambiarias porque aceleran y generalizan el ajuste.”

 

En ese mismo mes y año, en otra columna denominada “Ajuste con optimismo”, aseverábamos: “Según el discurso gubernamental, hay que achicar el país en el presente para agrandarlo en el futuro (…) eso es lo que el gobierno le plantea al conjunto de la sociedad: hay una única política –la acordada con el FMI– y la alternativa es el caos. No se está ante un escenario de elección entre proyectos distintos: la elección es entre esta política o la crisis disciplinadora.”

 

En octubre de 2018, en una nota titulada “Mayorías y programa” sosteníamos: “Este encierro del gobierno en un proyecto para minorías deja a la mayoría del pueblo argentino cada vez más dispuesto a transitar un camino alternativo. De allí la responsabilidad histórica de construir una gran coalición opositora con un contenido programático amplio pero definido, que ofrezca un nítido cambio de rumbo.”

 

En diciembre de 2018, en otra nota llamada “El derecho a una vida feliz” decíamos: “El presente aparece devorado por la crisis. Y, más allá de los esfuerzos discursivos del gobierno, el futuro tiende a presentarse como una profundización del presente. El optimismo es un estado de ánimo exclusivo de Cambiemos: ve en solitario lo que las mayorías ya no ven.”

 

En febrero de 2019, en una columna denominada “Cuatro propuestas concretas” asegurábamos: “No hay una segunda etapa virtuosa de este gobierno. No tiene nada diferente para ofrecer: no hay en su modelo de país ningún futuro distinto. Ellos dicen que son el único camino. Nosotros decimos que hay otro: construir una alternativa, diversa y plural, sin exclusiones, alrededor de propuestas consensuadas que permitan recrear la esperanza de que otro país, justo e inclusivo, es posible.”

 

En abril de este año en la nota titulada “La democracia no es el problema” sosteníamos: “Ahora, el problema sería que hay otra vez elecciones (…) según el relato oficialista, la voluntad de la ciudadanía de apoyar a la oposición produce inestabilidad. Siguiendo esa misma perspectiva, los «mercados» se opondrían a que en las elecciones ganen candidatos muy distintos a los que el gobierno promueve. Lo ideal, para él, serían elecciones con candidatos únicos: los propios. Pero hay otros. Entonces, cuando estos otros comienzan a aparecer en las encuestas como posibles ganadores, son señalados por el gobierno como los causantes de la inestabilidad y de la reacción de los «mercados» (…) La crisis no es generada por las elecciones. A la crisis la producen las políticas públicas del gobierno y las condicionalidades a las que éstas están sometidas.”

 

Podríamos seguir citando. Pero no hace falta: llenaron la política de ficciones pero la sociedad reaccionó y puso en crisis esos relatos gubernamentales. El voto popular fue, otra vez, el más potente de los discursos.

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